A propósito del fin de semana santo recién pasado, o a propósito de los últimos días feriados, o a propósito de nada: No me fui a la playa, ni a ningún retiro, ni tampoco comí huevos de chocolate (aunque sí un tipo disfrazado de conejo de pascua me entregó un papelito que decía YO NO EXISTO el domingo caminando por José Miguel de la Barra).
Salí a comer fuera, trabajé, saqué fotos, escribí y fui al teatro. El Viernes Santo vi *Neva* en el Teatro Mori y el Domingo de Resurección, vi *Cristo* en M100. No iba al teatro desde… no sé. Desde *Splendid’s* donde Vicuña y Valenzuela eran los líderes de una pandilla de gangsters homosexuales o algo así de chulo. Mentira. O sea, igual esa la vi, pero no fue la úlitma que vi. No sé. No iba al teatro hace tiempo.

Puf. *Neva* está en su última semana y hay que verla. La actriz que interpreta a Olga Knipper (la vuida de Anton Chejov), se luce con una de las mejores actuaciones que he visto en mi vida. Sentada sobre un pequeño escenario completamente pintado de negro, iluminada únicamente por una estufa eléctrica y acompañada por otros dos actores casi tan buenos como ella, ponen en escena por una hora y media de función, un texto que avanza progresivamente hasta estallar en una especie de reflejo, o de cachetada luminosa y directa al público.
El discurso de *Neva* tiene lugar tras bambalinas; el diálogo entre los tres actores desarrolla, a su vez, los conflictos de los integrantes de una compañía teatral en decandencia -asunto que se repetirá en *Cristo*- para luego mutar y volverse irremediablemente un debate político. No sé si decirlo, pero… latero. Así, pareciera que la intención de la obra es trapolar la situación de la Rusia de 1905 a la actualidad, validando la tensión de los conflictos sociales de entonces a un mundo ya consumido por el modelo capitalista. Lo que antes era sólo una amenaza, ahora es la estructura que sostiene nuestro entorno y eso más que aterrador, o revelador, es para mí un recurso de bajo impacto. No me interesa, no me conmueve.
O por lo menos no tanto como el monólogo que Olga es incapaz de recitar al principio de la obra. No tanto como el relato de la agonía de su marido. Creo que ahí, en su fibra más sentimental reside la fortaleza de *Neva*, no en el declamar político con el que finaliza. En fin.
*Neva* parte cuando se enciende la estufa eléctrica, crece y crece en intensidad, hasta que finalmente estalla. Cuidadosamente, pero estalla, y bueno… se acaba. Con *Cristo* se podría decir que la obra empezó hace dos mil años. Que es la puesta en escena de la puesta en escena de la problemática de la representación. La “trama” avanza sólida y no termina cuando termina. Quiero decir, que no obedece a la estructura dramática clásica progresiva, si no que tiene una estructura compleja (¿quizás caleidoscópica?) que empieza por reflejar en el mismo teatro su comienzo – como *Neva* – pero no discurre a ningún lado. Es un remolino teórico hacia dentro, o incluso hacia fuera. Es un taladro, es un tornado. Es un ensayo.
Es un ensayo agotador que probablemente no conmueve como *Neva* pero remueve el pensamiento y se hace cargo de lo que plantea con un inegnio admirable. Y cuando digo admirable es porque no hay otra palabra.
La obra se refleja y se vuelve a reflejar en sí misma. ¿Cómo? Crece en sí misma gracias a un juego de espejos y gracias a un asifixiante cruce de formatos. Se infiltra en escena el documental como un factor que sacude la representación de su distancia con el original, pero que cae también en el juego de la inverosimilitud.
Al borde de la crisis de pánico, en primera fila, nunca pensé cuanto faltaba para que terminara la obra (porque no quería que terminara) sino que puse a prueba mi capacidad de aguante (¿O eso también estaba calculado previamente? ¿Fue la compañía la que dosificó el nivel de tolerancia promedio a la repetición?). Lo cierto es que cuando terminó *Cristo* y vi a Nicole Senerman, una de los “técnicos” de la obra, recibiendo los merecidos aplausos del público, además de quedarme con la idea de que el montaje no había concluido, (idea que me encantó), sentí envidia por ella.
Primero, porque está trabajando en algo que le gusta. Segundo, porque es parte de proyecto en el que cree y porque está involucrada en algo que intuyo, es grande: un ejercicio de cuestionamiento colectivo, en escena, de la escena. Y ese ejercicio es una coreografía teatral de dos horas parejas. Guau. La “mise en abyme” con la que Manuela Infante & Compañía construyeron *Cristo* habla de un proceso abundante y cesudo que viene a presentarle al público una parte del estudio que han realizado. No el entero (menos mal!). Una fracción de un proceso grupal envidiable y no una pieza concluyente como *Neva*.
Quizás funcionan por contraste, pero estas dos obras, (sobre todo vistas un fin de semana santo) forman juntas una especie de calce entre opuestos. Dos formas de entender el teatro disímiles. Una finita y la otra infinita. Necesarias ambas. Alucinante sólo una. *Cristo* sigue replicándose, una y otra vez, derribando la sensación de término que acompaña el encendido final de luces. Que ganas de aplaudirla cada vez que “termina”.
Escrito por juanose 
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