Nada

Julio 30, 2007

Intentaré ser breve.

Kenita

Intentaré ser breve aún cuando ya se trata de un asunto menor. Menor, digo, por decirlo de algún modo, porque quizás se trata de nada. Partamos por casa. El fin de semana, abiertamente perdí el tiempo. Me dediqué a eso. Descaradamente. Dormí, salí, me acosté tarde, no me levanté nunca, comí más de lo que debía, vi películas en cama, recorrí lentamente los canales de la televisión por cable y al final, lo rescatable: es nada. O nada mucho.

Algunas luces. Una escena de V for Vendetta en que Natalie Portman encuentra la carta de Valerie escrita en papel confort, el testimonio de la persecución a una actriz lesbiana a comienzos del régimen totalitario en que se desarrolla la película. La carta induce a Evey (Portman) a resistir a las presiones de la tortura y el encarcelamiento al que está sometida. Se manifiesta así, en ella, el cambio. Notable y bellísima. La secuencia se puede ver acá

Luego. Otros momentos fuera de la pantalla. Haber escuchado a la Dani contar cómo fueron sus vacaciones en Easter el sábado, imaginando algunas cosas, preguntándole otras. Comer carne con la mano (esa delgadita) en el asado del Víctor y después chuparme los dedos. Intentar cantar algunas canciones que oí mientras flojeaba solo en la casa. Un momento en que iba manejando por la Costanera, también con música, también solo. No sé. Pequeñas cosas. Pero nada mucho. Todo se evapora muy luego cuando uno duerme mucho.

El asunto es que hoy, ya despierto, ya sacudido de este ocio asqueroso, me levanto temprano. Desayuno, me ducho, con ánimo acumulado para realizar las primeras tareas del día y sorpresa. Una pequeña columna en la sección de espectáculos de El Mercurio. Una columna dedicada completamente a Kenita Larraín (que no sé si es oficialmente con K o con Q, la gente que se autodenomina con pseudónimos debiera tener un fundamento para esto). El contenido de la columna es ya algo cuestionable, latero, innecesario, pero ésta en particualar supera cualquier cuota mínima de tolerancia.

O superó, por lo menos, la que tenía yo en la mañana.

La leo una vez. Nada. La leo de nuevo, nada otra vez. Nada, nada, nada. La columna relata los dichos de Kenita para un portal peruano conmemorando las fiestas patrias de ese país, donde esta chica es una especie de celebridad. Ahora cito textualmente: “Preocupada por la situación limítrofe, la ex de Marcelo Ríos aprovechó de alabar la comida peruana y de filosofar: “la unión hace la fuerza”, dijo para alentar a terminar las diferencias“. Por favor, léelo de nuevo.

Preocupada por la situación limítrofe, la ex de Marcelo Ríos aprovechó de alabar la comida peruana y de filosofar: “la unión hace la fuerza”, dijo para alentar a terminar las diferencias“.

No es por ser apocalíptico pero, ahí no hay nada. NADA. O quizás más preocupante, esa nada forma parte de una columna impresa en un diario de difusión nacional. Entonces ¿Cuál es la verdadera situación limítrofe aquí? Kenita está en el abismo de la credibilidad desde… siempre, a veces sólo basta verla para desconfiar de ella y aún así, la prensa cubre las ocasiones en que ella cree necesario filosofar. FI-LO-SO-FAR. So far, Kenita.

Primero reconocí en la columna, cierta ironía. Poner en una misma frase las palabras Kenita, limítrofe y filosofar no podía ser pura casualidad, pero luego ¿La ironía hace que esta noticia pase inadvertida, sin reparos, ante la mirada crítica de cualquier lector promedio que ya está hastiado de esto? Digo ¿Basta con eso? ¿Empatizamos con la posible burla con la que se nos relatan los hechos y creémos que es suficiente inteligencia reírse de esta tontera? Cuando no lo es. No es suficiente. Cuando se hace insostenible seguir soportando esta nada que llena y llena las columnas de espectáculos.

Cuando el humor, la ironía ya no bastan para sobrepesar el asco que rodea a personajes como María Eugenia Larraín. Si existiera la posibilidad de elegir entre esta columna impresa con foto a color, versus un espacio en blanco, en medio de la página de Espectáculos, de El Mecurio, prefiero el rectángulo blanco. A la hora del desayuno, un lunes. Prefiero el blanco. Como un respiro. Como un aire. Como la señal de que algo está mal. O que por lo menos, se puede obviar, o manifestar haciéndolo gráfico, este pequeño pedazo de nada.


Presagios Equívocos

Julio 27, 2007

Ahora si trataré de ser breve.

Victor Mahana - The Artist

Esta semana Víctor Mahana inauguró su exposición Utopía, en la Galería Praxis. La muestra la viene preparando hace meses y por fin se mostraba, ya abierta, ya completa, en un espacio distinto a la intimidad del Taller donde los cuadros fueron concebidos. Como yo había visto las pinturas días antes, como me gustan el trabajo de Mahana, como aparecía un texto mío en el catálogo, estaba algo así como ansioso por el evento. Aunque nunca tanto.

El mismo martes, después de despedir a toda mi familia que partía de vacaciones, diciéndoles adiós desde la reja de mi casa me quedé un instante ahí de pie, sólo para darme cuenta con pavor, que era el único habitante que quedaba en la casa. Pensé que no les iba a poder mostrar el texto esa noche cuando volviera, pensé que estarían sobrevolando el continente cuando la exposición abriera. Cerré la reja. Anticipé el miedo que vendría sólo horas más tarde cuando todo estuviera oscuro. Simplemente no puedo estar solo. No aquí, en este espacio que se hace enorme cuando se vacía por completo.

Dormí siesta, o salí a pasear, o ambas. Me escapé un rato mientras se iba la tarde, reventaba el sol en el cielo amarillo. La Consuelo llegó mucho antes de lo que me había dicho. A las siete. Todavía no me duchaba. Le abrí la puerta en pantunflas. Tenía olor a crema. Me duché y ella esperó en mi pieza hojeando alguna revista, hablando por celular, echada en la cama con la Olivia. Me puse mi bufanda nueva. Pensamos en caminar hasta Praxis pero hacía frío. Estacionamos el auto cerca del Museo de la Moda.

La exposición se sucedió rápido. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Aún así. Hubo copas de vino tomadas en mis manos. Hubo un catálogo con su papel suave sujeto en mis manos. Luego lo dejé en mi bolso. Hubo otras manos agitando a presión mis manos, confirmando saludos. Estuvo mi mano apoyada en el hombro de la Chiqui cuando llegó tarde. Hubo una cámara con la que disparé fotos, siempre en mis manos. Hubo cosas que apunté con el dedo en aire mientras hablaba y hubo momentos en que me llevé la mano a la cara para dejarla ahí mientras escuchaba a otro hablar.

Después me llevé las manos a los bolsillos y nos vinimos con un grupo a mi casa. Tomamos martini rosado. Una botella cada uno, ahora que lo calculo, con la Chiqui. Guau, no estoy nada orgulloso de ese cálculo. Conocí a la Cata y me reí, me dio gusto que estuviera sentada en el living de mi casa. Luego Pablo y la Fran en el sillón blanco. Llegó la María Ignacia que se contagió con el silencio del Jose y no habló nada en toda la noche. Le hice un té a la Esperanza, que sí habló.

La Consuelo cocinó para todos. La Chiqui leyó la columna de los actos de sanación mientras la escuchábamos en silencio. Pensé que nadie iba a opinar. Horas después, la Cata se caería en la puerta de la casa, e incluso después escribiría una entrada en su blog, plataforma que ella piensa como una Isla. Escribiría acerca de los actos de sanación. O acerca de la noche, imposible saberlo con exactiud. Quizás la noche fue, en sí, un acto de sanación.

La exposición anterior del Víctor, hace más o menos un año, se llamó La Isla. Es una de las exposiciones que más me ha gustado en mi vida. Esa y la muestra permamente del museo de Picasso en Paris. Que siútico, pero es así. Así es la cosa con los gustos, antojadiza, inexplicable. Vuelvo a la Isla. Un año atrás. Cómo empezar a recordar esa noche. Cómo abarcarla en un recuerdo cuando fue enorme.

Hay fotos. De esa noche hace un año y de esta noche de la que hablo ahora. Pero por más que exista ese registro, es imposible aprehenderlos. Los tránsitos entre un año y el otro, digo. Ir y volver con la memoria a esa noche y a esta, recorriendo las capturas de una cámara. No es un viaje real. El año no es el mismo. Es otra la noche.

Pero no es de esto de lo que quiero hablar. Quizás sea mejor hablar de las pinturas de Utopía. Hay algo de ficción en escribir un texto para una exposición cuando aún no está montada. Quizás el catálogo se podría ir escribiendo durante el tiempo que dura la muestra y no antes. Aún así, el hecho de escribirlo previo a la inauguración anticipa el fracaso de la operación inversa de recordar, que es preveer.

Pero de todas maneras, el texto, se escribe. Y así como falla el intento del anticipo, porque la exposición que imaginé no es esta, si no otra, falla también la idea del recuerdo. Del recorrido un año atrás. Y no es que una vaya a ser mejor que la otra. No es que la exposición que imaginé fuera peor o mejor. Es que simplemente, son otras, impredecibles, las realidades que finalmente siempre se imponen.


PERLAS

Julio 21, 2007

Ok. Trataré de ser breve.

Phoenix as Cash

Esta semana, después desisitir en la búsqueda de algún título que me gustara en la reducida lista de arriendos de dvds en Moviebank, y tras odiar la interfaz de búsqueda que tiene su página web, decidí volver al tradicional Blockbuster de barrio, donde no tengo deuda como en Bazuca. Aparte de encontrarme con Patricia Olivarí arrendando algo así como seis películas de estreno que seguro no verá, pero dirá que vió, creo que Blockbuster tampoco es una maravilla, el de Vitacura por lo menos. Además de la sección de interés especial, que no entiendo a qué se refiere, no hay mucho donde elegir. El recorrido por sus pasillos, es más bien corto. La gran mayoría de los estantes son estrenos lo que no significa que sean buenas películas, si no simplemente, nuevas. Estratégicamente funciona, pero si lo pensamos como una decisión curatorial, resulta extraño. El concepto de vitrina se impone por sobre el de videoteca. Además, cojea, sobre todo si en la sección de DRAMA me encontré con títulos del tipo Coyote Ugly.

En fin. Arrendé Walk the Line, un poco porque tenía ganas de ver un musical y un poco porque creo que Joaquin Phoenix es uno de los tipos más sexys (y si digo sexy y no guapo porque creo que en este caso realmente se aplica) de Hollywood. La vimos con mi padrastro antes de que partiera a Miami. Él la encontró sólo una peliculita menor, seguro porque horas antes había visto Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera otra vez. Le doy crédito por eso. No hay nada taoísta en la vida de John Cash. Aunque quizás compartan la conciencia de redención con la película de Ki-duk Kim, Cash finalmente se pasa todo un poco por el culo. Su proceso, no es interno. Se ve obligado a realizar un acto de sanación, arrinconado en un estado de límite de cordura, impulsado por agentes externos (que lo aman) y no por un llamado urgente que nacería de su propia voluntad y observación (con un afán de renovación) fruto de un arranque de ego, como en el Monje de la otra película.

De todas maneras, Walk the Line está anotada en mis libros desde ahora en adelante, como una buena película. Tiene una fotografía impecable y el guión se desenvuelve bien, sólido a lo largo del film. Hay pasajes logradísimos. Sobre todo el de la infancia de Johnny y algunos momentos de camaradería con los otros cantantes en el tour. El asunto es que, después de haberla visto me puse navegar por IMDB buscando datos del soundtrack para bajar Time’s a Wastin’, el primer dúo que cantan Johnny & June. Primera sopresa, la canción no está incluída en el soundtrack. Mal. Quizás se trata de un asunto de derechos de autor. Si bien no es un tema emblemático de la pareja porque June Carter lo lanzó a la fama junto a su ex marido Carl Smith, es uno de los momentos musicalmente más notables de la película.

Esa escena de la película se puede encontrar en youtube, y si tengo que dar un consejo es: véanla. Lo que si me llamó la atención es que en la trivia de Walk the Line, Joaquin Phoenix aseguraba en una entrevista para promocionar la película, que el mismísimo Johnny Cash lo habría elegido para representarlo tras ver su actuación en Galdiador. Ya. Pero lo primero que pienso es ¿Quién no quisiera que Joaquin Phoenix lo interpretara después de haberlo visto bajar el dedo temblando, en el Coliseo lleno de furiosos romanos, interpretando a Commodus? ¿A quién no le removió algo esa interpretación?

Entonces. Gladiador, Phoenix. Ese es, simplemente, un papel increíble. Y si lo pensamos, bastante cargado para una película que si bien necesitaba un villano, no requería del grado de perversión con que lo dota Phoenix para funcionar. O quizás sí. Quizás lo que hace a Galdiador una película interesante es justamente, el Emperador. Ambiguo, atormentado, asesino, impaciente, inclemente. A lo que voy, es que hoy, el Commodus de Phoenix se convierte en algo así como una perla. Queda ahí, en medio de la película de Scott, esperando generar reacciones. Quizás inmediatamente, quizás a largo plazo. De esto, nunca tendremos certeza.

Las perlas están ahí. Escondidas entre las cintas, asomadas entre las fotos, insinuadas en los textos. Volcadas sobre las cosas que hacemos, en aquellas ocasiones en que nos manifestamos. 

No es de extrañarse, que el viejo Johnny Cash, sentado en el sillón de su casa en Tennessee, tras haber visto en su microcine particular una proyección de Galdiador se haya maravillado con Phoenix en pantalla y haya querido, así con un poco de mal gusto, con un poco de pretensión que fuera él quien lo interpretara en una película que se tardó  6 años en llegar a buen puerto.

Y de esto Phoenix se entera cuándo. ¿Cuánto tuvo que pasar para que lo pudiera contar en una entrevista? Como un logro, digo. Como algo digno de ser contado. ¿Qué distancia hay entre el momento en que Johnny Cash decide, tras ver Galdiador en que el escogido para protagonizar la cinta de su vida es Phoenix y el día en que, antes que se vaya a Miami, mi padrastro ve Walk the Line conmigo? Años. Películas atrás. Incontables segundos. Mucho tiempo después, en el minuto en que sin aviso se comienzan a cosechar, aquellas perlas que fue arrojadas con cuidado o desprendimiento. Depositadas, esperando ser descubiertas en aquellos recordados y olvidados, trabajos anteriores.