La caja china de Cristo

Marzo 24, 2008

A propósito del fin de semana santo recién pasado, o a propósito de los últimos días feriados, o a propósito de nada: No me fui a la playa, ni a ningún retiro, ni tampoco comí huevos de chocolate (aunque sí un tipo disfrazado de conejo de pascua me entregó un papelito que decía YO NO EXISTO el domingo caminando por José Miguel de la Barra).

Salí a comer fuera, trabajé, saqué fotos, escribí y fui al teatro. El Viernes Santo vi *Neva* en el Teatro Mori y el Domingo de Resurección, vi *Cristo* en M100. No iba al teatro desde… no sé. Desde *Splendid’s* donde Vicuña y Valenzuela eran los líderes de una pandilla de gangsters homosexuales o algo así de chulo. Mentira. O sea, igual esa la vi, pero no fue la úlitma que vi. No sé. No iba al teatro hace tiempo.

Cristo 

Puf. *Neva* está en su última semana y hay que verla. La actriz que interpreta a Olga Knipper (la vuida de Anton Chejov), se luce con una de las mejores actuaciones que he visto en mi vida. Sentada sobre un pequeño escenario completamente pintado de negro, iluminada únicamente por una estufa eléctrica y acompañada por otros dos actores casi tan buenos como ella, ponen en escena por una hora y media de función, un texto que avanza progresivamente hasta estallar en una especie de reflejo, o de cachetada luminosa y directa al público.

El discurso de *Neva* tiene lugar tras bambalinas; el diálogo entre los tres actores desarrolla, a su vez, los conflictos de los integrantes de una compañía teatral en decandencia -asunto que se repetirá en *Cristo*- para luego mutar y volverse irremediablemente un debate político. No sé si decirlo, pero… latero. Así, pareciera que la intención de la obra es trapolar la situación de la Rusia de 1905 a la actualidad, validando la tensión de los conflictos sociales de entonces a un mundo ya consumido por el modelo capitalista. Lo que antes era sólo una amenaza, ahora es la estructura que sostiene nuestro entorno y eso más que aterrador, o revelador, es para mí un recurso de bajo impacto. No me interesa, no me conmueve.

O por lo menos no tanto como el monólogo que Olga es incapaz de recitar al principio de la obra. No tanto como el relato de la agonía de su marido. Creo que ahí, en su fibra más sentimental reside la fortaleza de *Neva*, no en el declamar político con el que finaliza. En fin.

*Neva* parte cuando se enciende la estufa eléctrica, crece y crece en intensidad, hasta que finalmente estalla. Cuidadosamente, pero estalla, y bueno… se acaba. Con *Cristo* se podría decir que la obra empezó hace dos mil años. Que es la puesta en escena de la puesta en escena de la problemática de la representación. La “trama” avanza sólida y no termina cuando termina. Quiero decir, que no obedece a la estructura dramática clásica progresiva, si no que tiene una estructura compleja (¿quizás caleidoscópica?) que empieza por reflejar en el mismo teatro su comienzo – como *Neva* – pero no discurre a ningún lado. Es un remolino teórico hacia dentro, o incluso hacia fuera. Es un taladro, es un tornado. Es un ensayo.

Es un ensayo agotador que probablemente no conmueve como *Neva* pero remueve el pensamiento y se hace cargo de lo que plantea con un inegnio admirable. Y cuando digo admirable es porque no hay otra palabra.

La obra se refleja y se vuelve a reflejar en sí misma. ¿Cómo? Crece en sí misma gracias a un juego de espejos y gracias a un asifixiante cruce de formatos. Se infiltra en escena el documental como un factor que sacude la representación de su distancia con el original, pero que cae también en el juego de la inverosimilitud.

Al borde de la crisis de pánico, en primera fila, nunca pensé cuanto faltaba para que terminara la obra (porque no quería que terminara) sino que puse a prueba mi capacidad de aguante (¿O eso también estaba calculado previamente? ¿Fue la compañía la que dosificó el nivel de tolerancia promedio a la repetición?). Lo cierto es que cuando terminó *Cristo* y vi a Nicole Senerman, una de los “técnicos” de la obra, recibiendo los merecidos aplausos del público, además de quedarme con la idea de que el montaje no había concluido, (idea que me encantó), sentí envidia por ella.

Primero, porque está trabajando en algo que le gusta. Segundo, porque es parte de proyecto en el que cree y porque está involucrada en algo que intuyo, es grande: un ejercicio de cuestionamiento colectivo, en escena, de la escena. Y ese ejercicio es una coreografía teatral de dos horas parejas. Guau. La “mise en abyme” con la que Manuela Infante & Compañía construyeron *Cristo* habla de un proceso abundante y cesudo que viene a presentarle al público una parte del estudio que han realizado. No el entero (menos mal!). Una fracción de un proceso grupal envidiable y no una pieza concluyente como *Neva*.

Quizás funcionan por contraste, pero estas dos obras, (sobre todo vistas un fin de semana santo) forman juntas una especie de calce entre opuestos. Dos formas de entender el teatro disímiles. Una finita y la otra infinita. Necesarias ambas. Alucinante sólo una. *Cristo* sigue replicándose, una y otra vez, derribando la sensación de término que acompaña el encendido final de luces. Que ganas de aplaudirla cada vez que “termina”.


La Otra Mujer

Marzo 9, 2008

Hace un par de viernes, la columna de Isabel Plant sobre Lost en Wikén de El Mercurio, me dejó pensando por un rato. Pensando sobre la posibilidad y las consecuencias de publicar tus ideas, sobre la extraña configuración de los gustos personales y lo contagioso y predecible de los gustos grupales. El artículo, trataba de explicar la razón por la que seguimos viendo (siempre en plural y ese era el secreto) Lost, y aunque en un primer momento el desarrollo de la idea fue predecible, luego, justo cuando creía que leer la columna había sido una perdida de tiempo, que había picado en un anzuelo engañoso, aparecieron un par de frases que me agarraron.

La teoría de Plant era que al compartir la experiencia personal de disfrutar la serie con el resto, se generaba una especie de catarsis colectiva. Un placer social que traspolaba el gusto particular a un fenómeno general y que esto era, en definitiva, demasiado rico. Sí. Estuve, finalmente, de acuerdo con ella y me emocioné con su texto. Asentí con la cabeza. Dije, tiene razón y me sentí, como me siento cuando comento Lost con alguien más: parte de algo grande, miembro de una colectividad especial. Qué treky. Qué losty.

Aún así, cuando creía que la teoría había cementado en mi mente una ruta a la apreciación racional de la serie, el quinto capítulo de la cuarta temporada, que aún no comento con nadie, barrió con todo el orden que había conseguido hasta entonces. Y me encontré una vez más, sobrepasado de asombro ante la novedad y el inexplicable estimulo de querer más. Qué chulo es decir el inexplicable estimulo de querer más. Pero justamente, eso quería yo: más.

Cronológicamente: en un principio partí odiando esta temporada. Creí que el primer capítulo fue una prolongación innecesaria del final de la tercera temporada. Que los nuevos personajes eran débiles, que Lost no iba, narrativamente, hacia ningún lado. Pero de a poco fui comprendiendo que ahora, cada capítulo obedece a una lógica propia y que por lo tanto una continuidad en el sentido total de la serie, no es un asunto necesario todavía. Supongo que pronto vendrán las grandes explicaciones unificadoras.

La nueva dinámica de un personaje desarrollado exclusivamente en un capítulo me parece, arbitrariamente, una dosificación lograda del ritmo narrativo. Este último juicio claramente influido, por mi abierta predilección a las historias de Desmond y Juliet. Conocer la situación amorosa de Juliet Burke, personaje que es sin duda, uno de los aportes más notables de la desconfiguración del orden inicial de la serie, desarmó todo el creciente vínculo que la doctora había establecido con el también doctor Jack Shepard, y por lo tanto se desarmó el rumbo predecible o impredicible que va a tomar el romance de la pareja de protagonistas.

Los objetivos de Juliet, inciertos, al igual que su pertenencia a cualquiera de los dos bandos que aparentemente se enfrentan en la isla solo contribuyen a hacer de ella un factor de giro en el curso de la historia. Un giro que trae consigo riesgo, riesgo que trae consigo adrenalina y adernalina que trae consgo más adrenalina y así hasta el infinito del fanatismo. En fin. Factor que hace imposible tomar partido por unos o por otros, lo que enriquece el lugar desde donde el espectador observa el desarrollo de los hechos. Este factor se acerca cada vez más a convertirse en un fetiche dentro de la serie. 

Durante una pequeña toma de ”La Otra Mujer”, en la orilla de la playa, Juliet sale del agua y camina hacia Goodwin que la espera en la arena, visitiendo dos piezas que supongo son su ropa interior: sostenes negros y shorts blancos (extraña tenida), desarmando (aún en esa pinta), en menos de un segundo, toda una tradición de escenas en que varias Chicas Bond saliendo del mar en bikinis súper escogidos, han contribuido a generar una galería colectiva de imagenes de sexualidad encubierta de casualidad. Mujeres mojadas que ingoran que están siendo obervadas mientras salen del mar y que son imendiatamente transformadas por esa misma mirada que las recoje, en objetos de deseo.

Pero Juliet sabe! Y ahí está en sostenes desarticulándolo todo. Tradiciones cinematográficas, expectativas, suposiciones. Con una expresión inexplicable que maneja como se le antoja con el menor movimiento de los encubiertos músculos en su linda cara. 

¿Cómo describir la mirada que le dirige a Goodwin cuando sale del agua? Estoy completamente pegado con ella. La otra mujer, que es finalmente, la nueva Juliet que conocemos tras descubirir más motivos de su historia, es la misma que aparecía tímida tras el vidrio del acuario donde Ben mantenía prisionero a Jack en la temporada tres, pero (si es posible) aún más compleja. Más turbia o quizás, sólo más despechada, por lo tanto, más temible.

Más que el secreto de la isla, el futuro de los Oceanic Six, la identidad de Jacob, el sentido de los números, el desfase del tiempo, Juliet y sólo Juliet es por ahora, y posiblemente hasta el jueves, la razón por la que sigo viendo Lost. Y eso, Isabel Plant, que todavía no lo he comentado con nadie.