Hace un par de viernes, la columna de Isabel Plant sobre Lost en Wikén de El Mercurio, me dejó pensando por un rato. Pensando sobre la posibilidad y las consecuencias de publicar tus ideas, sobre la extraña configuración de los gustos personales y lo contagioso y predecible de los gustos grupales. El artículo, trataba de explicar la razón por la que seguimos viendo (siempre en plural y ese era el secreto) Lost, y aunque en un primer momento el desarrollo de la idea fue predecible, luego, justo cuando creía que leer la columna había sido una perdida de tiempo, que había picado en un anzuelo engañoso, aparecieron un par de frases que me agarraron.

La teoría de Plant era que al compartir la experiencia personal de disfrutar la serie con el resto, se generaba una especie de catarsis colectiva. Un placer social que traspolaba el gusto particular a un fenómeno general y que esto era, en definitiva, demasiado rico. Sí. Estuve, finalmente, de acuerdo con ella y me emocioné con su texto. Asentí con la cabeza. Dije, tiene razón y me sentí, como me siento cuando comento Lost con alguien más: parte de algo grande, miembro de una colectividad especial. Qué treky. Qué losty.
Aún así, cuando creía que la teoría había cementado en mi mente una ruta a la apreciación racional de la serie, el quinto capítulo de la cuarta temporada, que aún no comento con nadie, barrió con todo el orden que había conseguido hasta entonces. Y me encontré una vez más, sobrepasado de asombro ante la novedad y el inexplicable estimulo de querer más. Qué chulo es decir el inexplicable estimulo de querer más. Pero justamente, eso quería yo: más.
Cronológicamente: en un principio partí odiando esta temporada. Creí que el primer capítulo fue una prolongación innecesaria del final de la tercera temporada. Que los nuevos personajes eran débiles, que Lost no iba, narrativamente, hacia ningún lado. Pero de a poco fui comprendiendo que ahora, cada capítulo obedece a una lógica propia y que por lo tanto una continuidad en el sentido total de la serie, no es un asunto necesario todavía. Supongo que pronto vendrán las grandes explicaciones unificadoras.
La nueva dinámica de un personaje desarrollado exclusivamente en un capítulo me parece, arbitrariamente, una dosificación lograda del ritmo narrativo. Este último juicio claramente influido, por mi abierta predilección a las historias de Desmond y Juliet. Conocer la situación amorosa de Juliet Burke, personaje que es sin duda, uno de los aportes más notables de la desconfiguración del orden inicial de la serie, desarmó todo el creciente vínculo que la doctora había establecido con el también doctor Jack Shepard, y por lo tanto se desarmó el rumbo predecible o impredicible que va a tomar el romance de la pareja de protagonistas.
Los objetivos de Juliet, inciertos, al igual que su pertenencia a cualquiera de los dos bandos que aparentemente se enfrentan en la isla solo contribuyen a hacer de ella un factor de giro en el curso de la historia. Un giro que trae consigo riesgo, riesgo que trae consigo adrenalina y adernalina que trae consgo más adrenalina y así hasta el infinito del fanatismo. En fin. Factor que hace imposible tomar partido por unos o por otros, lo que enriquece el lugar desde donde el espectador observa el desarrollo de los hechos. Este factor se acerca cada vez más a convertirse en un fetiche dentro de la serie.
Durante una pequeña toma de ”La Otra Mujer”, en la orilla de la playa, Juliet sale del agua y camina hacia Goodwin que la espera en la arena, visitiendo dos piezas que supongo son su ropa interior: sostenes negros y shorts blancos (extraña tenida), desarmando (aún en esa pinta), en menos de un segundo, toda una tradición de escenas en que varias Chicas Bond saliendo del mar en bikinis súper escogidos, han contribuido a generar una galería colectiva de imagenes de sexualidad encubierta de casualidad. Mujeres mojadas que ingoran que están siendo obervadas mientras salen del mar y que son imendiatamente transformadas por esa misma mirada que las recoje, en objetos de deseo.
Pero Juliet sabe! Y ahí está en sostenes desarticulándolo todo. Tradiciones cinematográficas, expectativas, suposiciones. Con una expresión inexplicable que maneja como se le antoja con el menor movimiento de los encubiertos músculos en su linda cara.
¿Cómo describir la mirada que le dirige a Goodwin cuando sale del agua? Estoy completamente pegado con ella. La otra mujer, que es finalmente, la nueva Juliet que conocemos tras descubirir más motivos de su historia, es la misma que aparecía tímida tras el vidrio del acuario donde Ben mantenía prisionero a Jack en la temporada tres, pero (si es posible) aún más compleja. Más turbia o quizás, sólo más despechada, por lo tanto, más temible.
Más que el secreto de la isla, el futuro de los Oceanic Six, la identidad de Jacob, el sentido de los números, el desfase del tiempo, Juliet y sólo Juliet es por ahora, y posiblemente hasta el jueves, la razón por la que sigo viendo Lost. Y eso, Isabel Plant, que todavía no lo he comentado con nadie.

Marzo 10, 2008 a las 3:52 pm
yo me he perdido casi toda la temporada por estar tonteando en el campo…y ahora debo reconocer que me he transformado, ademas de todo lo que fui, o soy (lostie, lwordie, dawsoncreeksie, etc) sobre todas las cosas, en una trekkie. Amo star trek.
Marzo 14, 2008 a las 7:59 pm
Pucha, creo ser el único ser humano que no ha visto Lost ! Ya soy adicta a tanta cosa como para meterme con algo nuevo!
Marzo 17, 2008 a las 10:12 pm
Juano, no hay caso con Juliet. La amo. Demasiado.
Ay. Tengo miedo con “Meet Kevin Johnson”. “Yi Jeon” no me gustó nada, pero algo me dice que el 8 será increible.
Suspiros múltiples.
Marzo 17, 2008 a las 10:29 pm
“Yi Jeon” fue como un mal capitulo que aliñaron con el debut de la predecible dinámica flashback meets flashforward. Me encanta Sun, pero la escena en la lápida de Jin, horrible.
Lo que está pasando en el barco, buenísimo! A ver el próximo!