En Síntesis

Agosto 1, 2007

Continuando con la intención de brevedad. 

Ladies and Gentelmen

El lunes almorcé rápido, una ensalada frente al televisor. Digo rápido por que hay días en la semana en los que simplemente, no hay tiempo que perder. Se trató de una ensalada, porque no quiero llegar a la primavera con guata (este invierno ha estado ya demasiado duro). Y estuve frente al televisor porque, aunque intento nunca mirar tele (menos comiendo), pensé que en estos 15 minutos libres que tenía, me podía reconciliar con algo de la programación del cable. O bien, estaba muy solo y necesitaba el sonido de alguien más hablando alrededor.

Me siento frente a mi mesita desplegable. Apreto el ON, desde el sillón, vía control remoto. El canal en que se prende es Vía X, cosa que no me parece ni mala ni buena, si no que pura casualidad. O más bien, no. La última persona que vio tele acá, estaba viendo ese canal. O por lo menos en este canal la apagó. Si ese alguien la dejó ahí, la dejaré ahí yo también. No lo pienso más. Ataco los berros de mi ensalada. Adivino que estoy en la mitad de 7º Vicio y definitivamente me quedo ahí. Transito mirando, entre mi bowl y la panatalla. Esperando que aparezca Gonzalo Frías a dar su clásica lata entre trailers y trailers. Ok. Su lata entretenida. Su lata apasionada. Su lata culta. Su lata sólida. Pero siempre lata. Quizás es su cara de sueño, lo que encuentro más latero de todo.

Pero no aparece él. Si no una cortina de continuidad que dice Shortcuts. Tengo 15 minutos así que el título me parece por lo bajo, oportuno. Lo que están transmitiendo son cortos de la Escuela de Animación francesa Les Gobelins. Basta con tener Quicktime, para ver en su página web algunas de sus animaciones. Brillantes. El asunto se trata aquí de, en pocos minutos, contar una buena historia. El asunto es la síntesis. El asunto es el micrometraje. O la micro entrada, para efectos de este blog. Veo cuatro o cinco animaciones demasiado ingeniosas y lindas y mi bowl de ensalada ya está vacío. Vuelta al trabajo.

Luego, en contraposición, hay noches en la semana, donde lo único que queda es perder el tiempo. Después de hacer una fotos, una serie de eventos nos llevan a Don Rodrigo, que Jaime encuentra que es como un bar de barco y que el local casi se mueve como si estuvieramos navegando. Escondo el maní debajo del cenicero. No hay espacio entre una mesa y otra, las murallas están cubiertas de papel mural oscuro. Hay un tipo al piano que canta bastante fuerte. Hay gente conversando alrededor, espejos, gente riéndo, afiches de trasatlánticos y garzones llevando bandejas llenas de copas con pisco sour, que sólo cuesta mil pesos. Somos tres. Hablamos del guión que estamos escribiendo. Que es la historia de una chica que cree que vive un proceso pero al final del día, no ha aprendido nada. Guau, que ingenioso. Aún así, se escribe.

Después llega la María Ignacia con el Jose que viene celebrando su título y de pronto, ya que somos cinco, estamos hablando de porqué los hombres hablan tan poco. Y las mujeres tanto. Y porqué las amistades entre los hombres son tan parcas y tan poco involucradas. Tan tangenciales, tan aburridas. No es una conversación sexista, si no la demanda por una explicación. Y lo curioso es que el Jose defiende que los hombres en general hablen poco, y ahora está hablando harto. Bastante. Entretenido. Parece que él entiende como una especie de resguardo y de silencio propio de la especie, esa síntesis, en contraposición al caudal de palabras con el que se comunican entre sí las mujeres.

Parece que yo lo entiendo como desgano y desinterés el hecho de hablar poco. Quizás es porque soy ansioso. Hablar poco, pero decir lo justo, como una ecuación de consenso. Y quizás es bueno aplicar esa síntesis como ejercicio, tal como en las animaciones de Les Gobelins, tartar de condensar en poco, lo mucho que se quiere decir. Esa es también, la premisa de este blog. Pero no me convence mucho el acuerdo, porque yo encuentro cierto placer en hablar. Creo que se puede adiestrar el habla, algo así como un arte, dominar la abundancia. Después ya no hablamos más y salimos a bailar y es poco lo que uno habla cuando baila. Podemos estar horas moviéndonos, con otros, sin hablar. Y ahí ya no hay síntesis, ni siquiera habla. Pero el Jose se ríe, y la María Ignacia se ríe, y la Chiqui se ríe, y yo también me río. Y eso basta. 

Basta porque, por ejemplo, hay un desconocido que sólo abre la boca para decir una estupidez tremenda, y luego hay otro, conocido, que no abre la boca en toda la noche y sólo extiende la mano para saludarme, sin decir ni hola. Veo que Jaime se ha ido, y el Jose también. Se fueron nuestros hombres poco parlantes que aún así, hoy hablaron con elocuencia. Buenas noches. A dormir. La vuelta a la casa es en silencio.

Pero cuando uno cree que ya basta de hablar, cuando uno cree que la noche terminó, justo ahí suena el celular. Contesto y nos quedamos hablando. A las seis de la mañana, con la Chiqui por teléfono, 16 minutos sin parar, aún cuando tenemos sueño y estamos agotados. Aún cuando nos acabamos de separar. Aún cuando, probablemente ya no hay nada que hablar. En síntesis, la síntesis a veces no va, simplemente, porque no puede ir.

Porque es no a lugar sintetizar las palabras. El habla. Posiblemente, como me pasó abiertamente con la televisión en el almuerzo. Necesité un zumbido, un mínimo sonido alrededor. Seguramente, para no sentirme tan solo. Ahora si que la corto. Hasta aquí no más llego

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*La foto es un trabajo de Vanessa Franklin, extraída de su exposición Ladies and Gentelmen, parte de la sección de fotografía de la Escuela de Imagen Les Gobelins.