TEXTOS

Lost & Found
(Texto para el Catálogo de Ignacio Muñoz Vicuña)

Atención. Ignacio ha detectado una perdida, una tragedia cotidiana en el corriente uso que le damos a los objetos. Sí. Pareciera haber algo ausente en la representación pictórica de estos facilitadores de tareas (después de todo se trata de eso, de asistentes de labores). Sillas como ayudas para sentarnos, zapatos como auxilios para caminar, aspiradoras como herramientas para limpiar, y así en fin, cosas que permiten otras cosas. Esta ausencia, puede ser en un principio, minúscula, insignificante, pero luego, tras recorrer los 18 cuadros que componen la muestra, es evidente que lo que se hemos perdido definitivamente de vista, es la presencia humana. No es menor este extravío, pienso.

Dónde aparece el hombre entre estos elementos que el pintor ha denominado pluscuamperfectos? No está. No hay rastros de él, no hay huellas ¿Es esta pérdida definitiva, engañosa, simbólica? O quizás se trata de una pista para recorrer la exposición ¿Debemos, insistentemente buscar al hombre a lo largo de estas pinturas de gran formato, hasta encontrarlo? ¿Debemos, últimamente, darlo por perdido?

La operación del pintor supera, aquí, la mera detección de la pérdida de la presencia humana en el entorno. Además de representarla, exponerla y denominarla lienzo a lienzo, la rescata como un asunto que tiene ecos en su propia obra, como contenedora de esta deshumanización. El cuadro mismo se ve afectado por esta desaparición de la persona, del individuo. Queda todo reducido al objeto, a los velos que produce el uso de artefactos, al ritmo iterativo que genera su funcionamiento. En un formato que le es ajeno, un televisor plasmado con fuerza sobre una tela, pintado al acrílico, es un asunto bastante paradójico.

Sin duda, que el trabajo de Ignacio apuesta por el encuentro del espectador con la obra. Es ahí donde se cobra la experiencia del color, del tamaño, de la composición. Ahí es donde se remece el vínculo entre uno y otro. Es en la contemplación abierta y sacudida de referentes historiográficos, donde sucede el diálogo. Algo así como el amor a primera vista, absolutamente desprendido de antecedentes. Es ahí, en medio de esta demografía cromática, entre estas pulsaciones de color, donde el pintor recupera aquello que ha perdido. Su gran ausente reaparece en el estrecho lazo que dibuja la figura de quien se detiene y descubre inocentemente una pintura: el espectador que ante este otro objeto, quizás tan pluscuamperfecto como los otros, se deslumbra y siente. El cuadro, objeto de arte por excelencia, que despierta de súbito, el apetito por el resto de los sentidos. Y la persona reaparece, porque otra vez, siente.

Ocultamientos, Presencias y Presagios
(Texto para el Catálogo de Víctor Mahana)

Hay un momento incierto, oculto durante el proceso pictórico, en que Víctor Mahana decide dotar de camuflaje a las superficies que constituyen los límites en sus lienzos. Más allá de los muros, las fachadas, las piscinas, como representación de elementos estructurales de división entre dos espacios (un dentro y un fuera), donde ciertamente acontece la textura y el ritmo (brillos, espesores, reflejos) hay un constante estado de borde. Una alarmante situación de límite. Hay una eminente situación de precipicio en sus pinturas, en que se debate por aparecer (ya protagónico, ya secundario) el vértigo. Ese esquivo instante de tensión entre un lugar y otro.

Este es, curiosamente también, el secreto de aquello que se camufla. La capacidad de un ente, de coexistir en dos sitios distintos. Un poco, el truco del engaño a la vista, que se reinventa cada vez, superándose a sí mismo, trasladándose a nuevas e inesperadas interfaces. Díganme: ¿Quién veía venir ese conejo de píxeles detrás de la cama, quién? Son los fenómenos que genera la adaptación al medio. Esta es, justamente la condición de algunos privilegiados elementos a permanecer (aún en la misma naturaleza) indistinguibles de su entorno, a convertirse en algo así como entes fantasmagóricos. Presencias inadvertidas destinadas a evidenciar, latentemente, otras presencias. Engaño y mimesis, otra vez en el límite de lo posible

Pero más allá de ese juego de ocultamientos y presencias que tan sutilmente inunda particularmente el cuadro, el cuadro a cuadro, todos los cuadros, la muestra entera, “Utopía”, volvamos al instante en que el autor le otorga esa posibilidad de coexistencia a las superficies en sus lienzos. Decía antes que se trata de un momento incierto, porque no estoy muy seguro si los dota con esta capacidad de encubrirse, en un momento previo al encuentro del pincel con la tela, o bien, una vez que estos se enfrentan.

Reconozcamos en el proceso de construcción del cuadro de Mahana, dos etapas. Una primera: instintiva, animal, de cacería de imágenes que realiza el pintor afuera, en terreno, cámara en mano, capturando distintos fenómenos anómalos que atrapan su atención. Luego, con este catastro de rarezas elabora una biblioteca de imágenes, un banco de singularidades visuales que ya configura el universo pictórico del artista. Y un segundo nivel: más racional, de trasvasije de esa realidad al lienzo, el acabado y sutil proceso de llevar a la tela (ya en el interior del taller), aquellas impresiones cautivas en fotografías. Lo curioso es que, aún en este proceso no hay pérdida, si no, ganancia.

Mahana hoy ha logrado un dominio del color que bien podría dotar de vida a algo inerte. Aunque quizás esta afirmación vaya demasiado lejos para los efectos analíticos de un texto, pero luego, quizás no. Insistamos en que no, volvamos a su obra. ¿No es el caso concreto el espesor del follaje en sus cipreses? ¿No aparece en la iteración del pincel, ahí en medio de la textura de verdes, un aliento vital? ¿En la multiplicidad de colores, en su insistencia, un ápice de existencia?

Estoy hablando de la tela, del mundo que está ocurriendo microscópicamente en el interior del lienzo. Estoy hablando de la técnica, estoy hablando del logro pictórico, de la chispa capital que reside en cada uno de estos cuadros. Lo cierto es que el camuflaje, es por decirlo, una virtud menor dentro de sus nuevas pinturas. Lo cierto es que queda en evidencia, que técnicamente ha caído en manos de Mahana, fruto del trabajo incesante, la posesión de un secreto propio del oficio. Desde su consistente muestra en “La Isla”, su anterior exposición, hasta ahora, el salto ha sido brutal. Elegante, pero feroz y definitivo.

Lo cierto es que la presencia humana va agotándose, que los escenarios se van aproximándose a la estrechez del encierro, a la agorafobia del interior, al claustro. Al roce, al enfrentamiento frontal, a la inminente y silenciosa batalla de dos fuerzas. Al angustiante pasillo sin salida, pero con vista al mar. A la paradoja de estas situaciones tan infinitamente posibles. Yo percibo un nivel de sintonía a lo largo de la muestra que vibra finamente, retumba leve. Algo bastante perturbador. Es como cuando el día está extraño. Es como cuando los animales detectan una contrariedad en el clima y se alteran. Es como el zumbido que antecede a una catástrofe, preso, latente, vigilante, alerta, camuflado en cada uno de estos lienzos. (Está ahí, en los cuadros de Mahana).

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