La pista humana

junio 18, 2010

El otro día pensé que había descubierto algo oculto en la serie de pinturas que Elías Santis expone en “Terrícolas“.

(1) El hilo de plata, acrílico sobre tela, 40X60 cms. 2010.

Era una historia, o más bien la posibilidad una historia que apareció al reconocer en sus trabajos, expuestos en la Sala Cero de la A.N.I.M.A.L., ciertos guiños, ciertas reiteraciones, ciertos detalles que me permitieron elaborar una relación entre los nueve lienzos montados en el segundo piso de la galería. Un relato regido por el mismo principio que vincula a las viñetas de un comic y con el que se representa el paso del tiempo en los relojes análogos: un avance cronológico de izquierda a derecha. Por ejemplo, el meteorito que va cayendo por la ventana del primer cuadro, podría haber provocado el cráter en el segundo. Y luego, el humo que sale desde el bosque de este mismo podría ser el que se distingue a lo lejos en el tercero.

(2) La vía negativa, acrílico sobre tela, 90 x 130 cms, 2010.

(3) La mano invisible, acrílico sobre tela, 80 x 100 cms, 2010.

Sí. Todo esto podría ser. Podrían estar unidos los lienzos por una línea lógica de causa y efecto. Pero las primeras suposiciones comienzan a fisurarse cuando un nuevo meteorito (¿O es una roca?) aparece levitando en el cuarto cuadro. Ya no hay secuencia 1°, 2°, 3° y 4°, sino que probablemente 4°, 1°, 2° y 3° (¿Un racconto, o es que quizás la historia definitivamente nunca fue lineal?). Los elementos que se repiten le dan sentido a cada cuadro en su particularidad, y también podrían enlazar de siginifcado la serie completa. O es que estos elementos, en vez de develar, están ahí para ocultar el secreto último de la obra. ¿Se trata del mismo meteorito en todos los cuadros? ¿Hay un antes y un después en este posible relato?

(4) Principios de holografía y damascos, acrílico sobre tela, 130 x 140 cms, 2010.

En el trabajo de Santis los detalles parecen volverse especialmente significativos. Esto, debido a que el enigma (un engima, varios enimgas, una atmósfera enigmática) sobrevuela todas las escenas que recrea. Es así que los detalles adquieren una nueva dimensión y generan una lectura de la exposición. Si la flor de plumas rosadas en el hocico del madril asomado en “La mano invisible” proviene del pelaje del peluche oculto en “Principio holográfico y damascos”, o si el mantel sobre el que están tomando té dos robots y un humano en “El círculo vicioso” es el mismo trozo de tela en la cortina en “La masa crítica”, entonces se les puede considerar como pistas. Lo que abriría múltiples posibilidades de cruces entre un lienzo y otro, desplazando el juego hacia un asunto no sólo pictórico sino que temporal y espacial, dentro de la sala misma. Tal como aparece en el cuarto cuadro (4) , los caminos narrativos se bifurcarían.

Detalle de "La mano invisible"

Detalle de "Principios de holografía"

Suponiendo que Santis estuviera reflexionando en “Terricolas” sobre el tiempo y el espacio, y que hubiera arrojado en distintos puntos de la muestra algunos detalles significativos que podrían ser hilados: ¿Hacia dónde llevan estas pistas? Se trataría, quizás, de una exposición que busca la remecer la educación lógica del ojo, subvertir el orden predecible de un cuadro al siguiente. Re-pensar la estructura tradicional sobre la que se contruyen las historias. Desarmar el tránsito más común de principio a fin, proponiendo nuevas rutas intermedias, alternativas, insospechadas. Las pistas, entonces no serían pistas sino que señuelos que evidenciarian el quiebre de la primera lectura: ya no se leería de izquierda a derecha porque el resultado arrojaría una historia básica e incompleta. Insuficiente para desantrañar el sentido último del mensaje que ocultan los lienzos.

(5) El círculo vicioso, acrílico sobre tela, 130 x 170 cms, 2010.

(6) La masa crítica, acrílico sobre tela, 130 x 170 cms, 2010.

En “L’âne dans le cône de lumière”, el séptimo cuadro, aparecen juntos el meteorito que antes levitaba sobre los damascos, los robots que tomaban té en un patio y el mantel rojo, todos elementos de los cuadros anteriores, revueltos en la carretilla que un chico negro maneja al borde de un abismo. En esta pintura, quizás la más desoladora de todas, residiría el secreto o la intención con que han sido dispuestos los cuadros: no hay tal. O mejor aún, en este cruce de líneas imaginarias entre un lienzo y otro, el eje principal sería el espectador. Si es que en un principio pareció haber una secuencia lineal, en este punto el relato se dispara definitivamente hacia adelante y hacia atrás, hacia todas las dimensiones posibles. Sería así, en el centro de la sala donde el observador intenta descifrar algo, donde comenzaría a adquirir sentido el montaje.

(7) L'âne dans le cône de lumière, acrílico sobre tela, 90 x 130 cms, 2010.

Y también sería ahí en medio de estas pistas, rodeado de estas escenas (que no son otra cosa que ventanas o portales en su amplio sentido), donde el espectador tendrá que esperar suspendido la respuesta. ¿O es que la respuesta ya está ahí, dada? Nueve pinturas que encierran nueve enigmas, o finalmente sólo uno. La pregunta se devuelve abiertamente al ojo que mira y recorre la muestra. En él reside el afán de seguir buscando entre los lienzos otras verdades, nuevas revelacions, sino la verdad última del orden del tiempo y el espacio insinuada a través de la respresentación.


Back in Business

diciembre 20, 2009

Algo tiene el teatro que me trae de vuelta a esta página.

¿El verano? ¿El calor? ¿El viento sobre las azoteas de Lastarria? Puede ser que, por estos días, Santiago sea una de las ciudades más lindas del mundo, o que yo esté rebalsado de optimismo, de entusiasmo. Puede ser porque, como nunca hay teatro en Santiago. Y así como hay teatro, hay hay algo que decir y hay también -en relación a lo visto y a lo por decir- un video en youtube.

Tres amigos frente a un micrófono, en medio de lo que parece una fiesta, se miran y se ríen sin decir nada. La cámara tambalea. De pronto, sin más aviso, se ponen a cantar al unísono y todo el ruido de la fiesta, los murmullos, las risas, el sonido de las copas se callan. La canción, por supuesto, no es cualquier canción. Es la misma con la que ayer quedé mudo viendo Asamblea en el techo de Lastarria 90.

La canción es *Because*, de The Beatles y en un momento de la obra (que no es propiamente una obra) todas las preguntas que apuntan a resolver los enigmas del tiempo (no del clima, del Tiempo) encuentran respuesta en la letra. Aunque intuyo que se trata de algo más que de la letra. Quizás se puede tratar, como ayer, de la música.

Se trata de resolver una interrogante durante el desarrollo de la obra.

La del 19 de dicimebre fue: ¿Dónde estamos cuando escuchamos música?, pero podría haber sido cualquiera. La pregunta -siempre distinta según las leyes de la obra- se resuelve en colectivo, en escena y en vivo. Requiere una coreografía coordinada de acrobacias físicas y técnicas no sólo de las actrices Paula Aros Gho y Trinidad Piriz (reunidas en el colectivo laura&marta) sino que las del resto de su equipo. Y así como la versión a capella de los tres amigos en youtube es tremendamente imperfecta, la función de *Asamblea* que me tocó, aún con todas sus imperefecciones es, por lejos, lo mejor que he visto últimamente.

Planteada como una performance teatral, la pieza más allá de reinventar el concepto de asamblea, lo utiliza como espacio para reformular el formato de la pregunta (¿Estarán ahí las respuestas?). Dentro de la complejidad de los temas que plantea y de los desafíos técnicos que propone, es una obra simple. Entendible.  Inteligente. Y que le devuelve al teatro la posibilidad de realizar un diálogo con el público de manera sutil y poco invasiva.

La obra finalmente, integra las preguntas del espectador al espectáculo y así se constituye en una pieza distinta cada noche: en una obra que nunca es igual. En la repetición constante de variables en torno a un mismo asunto. Un asunto que se resuelve y se renuva noche a noche, por lo menos, hasta que la temporada termine. Pero la cosa, seguro, no se acaba ahí.

Ni aquí, ni en ninguna reflexión futura. Hay cosas que como las preguntas, a veces no terminan nunca de responderse. Pero existen silencios que a veces generan voces más atractivas que las nuestras que merecen ser escuchadas.


La caja china de Cristo

marzo 24, 2008

A propósito del fin de semana santo recién pasado, o a propósito de los últimos días feriados, o a propósito de nada: No me fui a la playa, ni a ningún retiro, ni tampoco comí huevos de chocolate (aunque sí un tipo disfrazado de conejo de pascua me entregó un papelito que decía YO NO EXISTO el domingo caminando por José Miguel de la Barra).

Salí a comer fuera, trabajé, saqué fotos, escribí y fui al teatro. El Viernes Santo vi *Neva* en el Teatro Mori y el Domingo de Resurección, vi *Cristo* en M100. No iba al teatro desde… no sé. Desde *Splendid’s* donde Vicuña y Valenzuela eran los líderes de una pandilla de gangsters homosexuales o algo así de chulo. Mentira. O sea, igual esa la vi, pero no fue la úlitma que vi. No sé. No iba al teatro hace tiempo.

Cristo 

Puf. *Neva* está en su última semana y hay que verla. La actriz que interpreta a Olga Knipper (la vuida de Anton Chejov), se luce con una de las mejores actuaciones que he visto en mi vida. Sentada sobre un pequeño escenario completamente pintado de negro, iluminada únicamente por una estufa eléctrica y acompañada por otros dos actores casi tan buenos como ella, ponen en escena por una hora y media de función, un texto que avanza progresivamente hasta estallar en una especie de reflejo, o de cachetada luminosa y directa al público.

El discurso de *Neva* tiene lugar tras bambalinas; el diálogo entre los tres actores desarrolla, a su vez, los conflictos de los integrantes de una compañía teatral en decandencia -asunto que se repetirá en *Cristo*- para luego mutar y volverse irremediablemente un debate político. No sé si decirlo, pero… latero. Así, pareciera que la intención de la obra es trapolar la situación de la Rusia de 1905 a la actualidad, validando la tensión de los conflictos sociales de entonces a un mundo ya consumido por el modelo capitalista. Lo que antes era sólo una amenaza, ahora es la estructura que sostiene nuestro entorno y eso más que aterrador, o revelador, es para mí un recurso de bajo impacto. No me interesa, no me conmueve.

O por lo menos no tanto como el monólogo que Olga es incapaz de recitar al principio de la obra. No tanto como el relato de la agonía de su marido. Creo que ahí, en su fibra más sentimental reside la fortaleza de *Neva*, no en el declamar político con el que finaliza. En fin.

*Neva* parte cuando se enciende la estufa eléctrica, crece y crece en intensidad, hasta que finalmente estalla. Cuidadosamente, pero estalla, y bueno… se acaba. Con *Cristo* se podría decir que la obra empezó hace dos mil años. Que es la puesta en escena de la puesta en escena de la problemática de la representación. La “trama” avanza sólida y no termina cuando termina. Quiero decir, que no obedece a la estructura dramática clásica progresiva, si no que tiene una estructura compleja (¿quizás caleidoscópica?) que empieza por reflejar en el mismo teatro su comienzo – como *Neva* – pero no discurre a ningún lado. Es un remolino teórico hacia dentro, o incluso hacia fuera. Es un taladro, es un tornado. Es un ensayo.

Es un ensayo agotador que probablemente no conmueve como *Neva* pero remueve el pensamiento y se hace cargo de lo que plantea con un inegnio admirable. Y cuando digo admirable es porque no hay otra palabra.

La obra se refleja y se vuelve a reflejar en sí misma. ¿Cómo? Crece en sí misma gracias a un juego de espejos y gracias a un asifixiante cruce de formatos. Se infiltra en escena el documental como un factor que sacude la representación de su distancia con el original, pero que cae también en el juego de la inverosimilitud.

Al borde de la crisis de pánico, en primera fila, nunca pensé cuanto faltaba para que terminara la obra (porque no quería que terminara) sino que puse a prueba mi capacidad de aguante (¿O eso también estaba calculado previamente? ¿Fue la compañía la que dosificó el nivel de tolerancia promedio a la repetición?). Lo cierto es que cuando terminó *Cristo* y vi a Nicole Senerman, una de los “técnicos” de la obra, recibiendo los merecidos aplausos del público, además de quedarme con la idea de que el montaje no había concluido, (idea que me encantó), sentí envidia por ella.

Primero, porque está trabajando en algo que le gusta. Segundo, porque es parte de proyecto en el que cree y porque está involucrada en algo que intuyo, es grande: un ejercicio de cuestionamiento colectivo, en escena, de la escena. Y ese ejercicio es una coreografía teatral de dos horas parejas. Guau. La “mise en abyme” con la que Manuela Infante & Compañía construyeron *Cristo* habla de un proceso abundante y cesudo que viene a presentarle al público una parte del estudio que han realizado. No el entero (menos mal!). Una fracción de un proceso grupal envidiable y no una pieza concluyente como *Neva*.

Quizás funcionan por contraste, pero estas dos obras, (sobre todo vistas un fin de semana santo) forman juntas una especie de calce entre opuestos. Dos formas de entender el teatro disímiles. Una finita y la otra infinita. Necesarias ambas. Alucinante sólo una. *Cristo* sigue replicándose, una y otra vez, derribando la sensación de término que acompaña el encendido final de luces. Que ganas de aplaudirla cada vez que “termina”.


La Otra Mujer

marzo 9, 2008

Hace un par de viernes, la columna de Isabel Plant sobre Lost en Wikén de El Mercurio, me dejó pensando por un rato. Pensando sobre la posibilidad y las consecuencias de publicar tus ideas, sobre la extraña configuración de los gustos personales y lo contagioso y predecible de los gustos grupales. El artículo, trataba de explicar la razón por la que seguimos viendo (siempre en plural y ese era el secreto) Lost, y aunque en un primer momento el desarrollo de la idea fue predecible, luego, justo cuando creía que leer la columna había sido una perdida de tiempo, que había picado en un anzuelo engañoso, aparecieron un par de frases que me agarraron.

La teoría de Plant era que al compartir la experiencia personal de disfrutar la serie con el resto, se generaba una especie de catarsis colectiva. Un placer social que traspolaba el gusto particular a un fenómeno general y que esto era, en definitiva, demasiado rico. Sí. Estuve, finalmente, de acuerdo con ella y me emocioné con su texto. Asentí con la cabeza. Dije, tiene razón y me sentí, como me siento cuando comento Lost con alguien más: parte de algo grande, miembro de una colectividad especial. Qué treky. Qué losty.

Aún así, cuando creía que la teoría había cementado en mi mente una ruta a la apreciación racional de la serie, el quinto capítulo de la cuarta temporada, que aún no comento con nadie, barrió con todo el orden que había conseguido hasta entonces. Y me encontré una vez más, sobrepasado de asombro ante la novedad y el inexplicable estimulo de querer más. Qué chulo es decir el inexplicable estimulo de querer más. Pero justamente, eso quería yo: más.

Cronológicamente: en un principio partí odiando esta temporada. Creí que el primer capítulo fue una prolongación innecesaria del final de la tercera temporada. Que los nuevos personajes eran débiles, que Lost no iba, narrativamente, hacia ningún lado. Pero de a poco fui comprendiendo que ahora, cada capítulo obedece a una lógica propia y que por lo tanto una continuidad en el sentido total de la serie, no es un asunto necesario todavía. Supongo que pronto vendrán las grandes explicaciones unificadoras.

La nueva dinámica de un personaje desarrollado exclusivamente en un capítulo me parece, arbitrariamente, una dosificación lograda del ritmo narrativo. Este último juicio claramente influido, por mi abierta predilección a las historias de Desmond y Juliet. Conocer la situación amorosa de Juliet Burke, personaje que es sin duda, uno de los aportes más notables de la desconfiguración del orden inicial de la serie, desarmó todo el creciente vínculo que la doctora había establecido con el también doctor Jack Shepard, y por lo tanto se desarmó el rumbo predecible o impredicible que va a tomar el romance de la pareja de protagonistas.

Los objetivos de Juliet, inciertos, al igual que su pertenencia a cualquiera de los dos bandos que aparentemente se enfrentan en la isla solo contribuyen a hacer de ella un factor de giro en el curso de la historia. Un giro que trae consigo riesgo, riesgo que trae consigo adrenalina y adernalina que trae consgo más adrenalina y así hasta el infinito del fanatismo. En fin. Factor que hace imposible tomar partido por unos o por otros, lo que enriquece el lugar desde donde el espectador observa el desarrollo de los hechos. Este factor se acerca cada vez más a convertirse en un fetiche dentro de la serie. 

Durante una pequeña toma de “La Otra Mujer”, en la orilla de la playa, Juliet sale del agua y camina hacia Goodwin que la espera en la arena, visitiendo dos piezas que supongo son su ropa interior: sostenes negros y shorts blancos (extraña tenida), desarmando (aún en esa pinta), en menos de un segundo, toda una tradición de escenas en que varias Chicas Bond saliendo del mar en bikinis súper escogidos, han contribuido a generar una galería colectiva de imagenes de sexualidad encubierta de casualidad. Mujeres mojadas que ingoran que están siendo obervadas mientras salen del mar y que son imendiatamente transformadas por esa misma mirada que las recoje, en objetos de deseo.

Pero Juliet sabe! Y ahí está en sostenes desarticulándolo todo. Tradiciones cinematográficas, expectativas, suposiciones. Con una expresión inexplicable que maneja como se le antoja con el menor movimiento de los encubiertos músculos en su linda cara. 

¿Cómo describir la mirada que le dirige a Goodwin cuando sale del agua? Estoy completamente pegado con ella. La otra mujer, que es finalmente, la nueva Juliet que conocemos tras descubirir más motivos de su historia, es la misma que aparecía tímida tras el vidrio del acuario donde Ben mantenía prisionero a Jack en la temporada tres, pero (si es posible) aún más compleja. Más turbia o quizás, sólo más despechada, por lo tanto, más temible.

Más que el secreto de la isla, el futuro de los Oceanic Six, la identidad de Jacob, el sentido de los números, el desfase del tiempo, Juliet y sólo Juliet es por ahora, y posiblemente hasta el jueves, la razón por la que sigo viendo Lost. Y eso, Isabel Plant, que todavía no lo he comentado con nadie.


Presagio

agosto 27, 2007

Aries 

En los meses siguientes, va a visitar un lugar desconocido que nunca imaginó. No es un lugar geográfico, sino un espacio de mayor conciencia. Se abrirán sus ojos y tendrá una perspectiva distinta. Con su mente más abierta, nada será lo mismo.

Horóscopo encontrado en una revista de domingo.


Comestibles de Invierno

agosto 10, 2007

La brevedad es ahora un asunto alimenticio. 

César Pollo 

Ya no puedo comer como antes, porque ahora engordo. Antes mi dieta era pésima: había días en los que no desayunaba, o desayunaba un vaso de coca-cola. Había semanas en que almorzaba completos todos los días, y les agregaba tres paquetes de cheetos en la tarde. Había noches en las que me repetía el plato y así, desajustes. Llega un momento en la vida de todo joven ya no tan joven cuando el cuerpo ya no resiste sin engordar. Mi tragedia comenzó el año pasado, cuando de pronto ya habiendo dejado el cigarro, fue invierno. Engordé 10 kilos. Lo pasé pésimo.

Luego los bajé, con MUCHO esfuerzo y vino el verano y me sentí bien, me sentí capaz de cumplir con mis propósitos y me sentí cómodo otra vez, sin un bulto pesado en la guata. Sano, tranquilo. Pero hoy, la historia se repite otra vez. Fríos y lluvias que me reducen a la casa: el cuerpo se estanca. Todo lo que puedo ingerir, se vuelve inmediatamente visible.

Entonces, lo más lógico es reordenar el régimen alimenticio. Radicalmente. O no tanto. Repensar las cantidades, las frecuencias y las necesidades. Tampoco soy un mamut, así que no necesito tanto para mantener el cuerpo funcionando. Me hice, hace unas semanas, un modelo de comida diaria:

Desayuno

  • 1 vaso de leche
  • 1/2 bowl de yogurt con cereales
  • 1 uno al día
  • 1 fruta

Almuerzo

  • 1 bowl grande de ensaladas
  • 1 bowl chico de sopa
  • 1/2 porción de lo que haya de almuerzo, alguna proteína 
  • 1 fruta

(Sí, hora del té y no Once)

  • galletas de cereal (medio paquete)
  • 1 vaso de leche
  • 1 yogurt

Comida

  • Repite la lista del almuerzo, ojalá sin la proteína.

Además de eso, puedo comer todas las barras de ceral que quiera. Eh, ya. No hay nada apasionante en esa regla. De hecho, ahora la leo y pienso que mi lista es una lata. Que en verdad no disfruto el momento del almuerzo y que he aprendido, a la fuerza, a quedarme con hambre. Pfff.

Creo que lo más sensato sería comer cosas ricas. Comer chocolates, tomar coca-cola, hacerle caso a las ganas, mandar al carajo la guata, hacer de los almuerzos una ocasión para el placer y no un asunto acotado, pero. Pero. Aún así, a pesar de lo negativo, de lo estricto, estoy más conciente de lo que como. De aquello que entra en mi boca y porqué lo hace. La cantidad de hambre que uno puede tener, es al final un tema realtivo. Relativo por lo menos, cuando tienes delante un plato con lo suficiente. Lo sufuciente, lo necesario si que es una medida más real.

Estar satisefcho también puede ser subjetivo. En fin, a lo que voy es que hay resultados inmediatos, visibles y reales tras ordenar las comidas, aparte de evitar la guata: Las veces en que como poco en la noche, duermo mejor. Si no estoy lleno después de almuerzo, es más fácil recuperar el ritmo de la mañana. Tomar agua me hace ir al baño y moverme y así todo por dentro circula mejor. No sé. Pequeños beneficios a partir de lo breve y suficiente que puede ser algo menor, algo que en el fondo es una pasua: una comida.

Comer, que por agradable, distendido, placentero que sea, es sólo el intermedio, el paréntesis de lo que más cuenta en el día: efectivamente hacer algo.


The Truth is Best

agosto 6, 2007

Menos mal que no me corté las uñas.

Pieza

Porque después de ver À bout de Souffle (1960) de Jean-Luc Godard este fin de semana, quedé con la sensación de que debía cambiar mi pieza y hubiera sido imposible hacerlo con las uñas recién cortadas. Después de ver a Patricia Franchini preguntarle a Michel Poiccard dónde quedaba mejor el poster de Renoir que estaba pegando en su pieza, comprendí que odiaba todos las postales que tengo en mis murallas. No entendí qué hacían ahí.

Terminé de ver la película enamorado de sus dos protagonistas, pensando que la Juanita Alliende es igual a Jean Seberg (mi propia Jean Seberg) y que con razón María José Viera-Gallo raya con ella, y con el film, y con todo esto que rodea a Sin Aliento. Me quedé con esa escena en la cama, después del sexo, que es sin duda la matriz de la película de Bize y de mucho cine más que vino después de ella. Una escena donde lo único que hay es diálogo. Y desencanto, y complicidad, y sensibilidad y un pequeño mundo entre los muros de la habitación y sus personajes.

Bajé a mi pieza y vi volantes de colores, afiches, recortes, posters. De fiestas en Niza, Paris, Barcelona. Vi que esa multiplicidad cromática y de idiomas que empapelaba los muros de mi pieza, no era yo. Eran agentes extranjeros que poco y nada tienen que ver conmigo. Unos decían Be Lounge, o The Ultimate Beach Paradox, Alive & Mixing, French Kiss. Y lo que leí me causó repulsión. No. No. Mal. ¿Porqué alguna vez los pegué? La mayoría de los flyers me los trajo mi hermana de un viaje que hizo a París el 2003 y en ese entonces debo haber pensado que era taquilla llenar la pieza con volantes de fiestas francesas.

Hoy ya no pienso eso. No es que ahora vaya a poner sólo reproducciones de Picasso como Patricia Franchini en la película, o quizás sí, pero el asunto es que no me había dado cuanta que ya no soportaba más esos volantes de colores, intrusos en la intimidad de mi pieza. Esta mañana decidí sacarlos todos y para eso necesité mis uñas. Por eso digo, menos mal que no las corté. Empecé por la muralla naranja, luego por la azul y terminé en la blanca. Se fueron desprendiendo unos con dificultad, otros inmediatamente. Dejaron, tras de sí, espacios que el sol no había desteñido con su formato exacto, como una sombra. Dejaron huellas de la cinta doble contacto, pero finalmente, desaparecieron.

Mi pieza se ve vacía, extraña. Pensé que iba a quedar todo mudo alrededor, ya sin la posibilidad de leer inconcientemente las frases escritas en los flyers, por eso las anoté todas y les hice un post, que está justo abajo de este. Es una lista de todo aquello que sin querer, leía a diario cuando despertaba, cuando trabajaba, antes de dormir. Frases, anuncios, fechas que memoricé y repetí como con la extraña necesidad de aprenderlas. Ahora no hay nada ahí. Quizás pinte todo blanco otra vez, o deje las huellas de la presencia de estos volantes. No sé. Pero veo que es más real así. Así.

___________________________________________________________

There’s no need to lie. It’s like poker. The truth is best. The others still think you’re bluffing, so you win.

Michel Poiccard en À bout de Souffle.